El último show


—Ya se quedó dormida —mencionó Ramsés acercándose a la mesa donde todos se encontraban—. La idea de haberle dado una pastilla para ello no me agrada en absoluto.

—A nadie —respondió Rodri—, pero era la única manera en la que podría descansar. Fue un golpe muy duro.

Rodri, Pascu, Javier, Mario y Ramsés se encontraban sentados alrededor de la mesa del comedor del departamento donde Alex estaba viviendo. Después del funeral decidieron acompañarla de regreso y cuidar de ella, trataron de hacer que comiera algo y descansara pero todos sus intentos fueron en vano y al final tuvieron que optar por darle un calmante sin que se diera cuenta para que pudiera descansar.

—Habían varios camarógrafos en el cementerio, me fue un poco difícil hacer que se marcharan antes de que ustedes salieran con Alex.

—Te lo debemos, Ramsés. Ella no tiene porque ser atormentada de esa manera.

—Pero los camarógrafos volverán, Rodri —comentó Mario—, de hecho no me sorprendería si ahora mismo hubieran un par de ellos fuera de aquí.

—¿Y si me la llevo? Estará más segura conmigo en casa. Cuidaré de ella el tiempo que sea necesario.

—¿Y estará bien? —Preguntó Pascu.

—Antes de que tuviera este departamento, Alex vivió un tiempo con Ramsés —respondió Rodri.

—Su habitación sigue intacta y aún conservo las cortinas floreadas que tanto le gustaban —dijo con una sonrisa de medio lado.

—Estaré más tranquilo si se va contigo —suspiró—. Empacaré sus cosas de inmediato.

—Yo te ayudo —mencionó Emily acercándose a la mesa.

—¿Y Helena? —Preguntó Javier.

—Se quedó dormida después de tanto llorar.

—Mario, ¿habría algún problema si me quedo para cuidarla?

—Al contrario, Álvaro, me gustaría que todos se quedaran pero el departamento es pequeño y solo cuenta con dos habitaciones que Alex y Helena están ocupando.

—Veremos la forma de acomodarnos en la sala —dijo Rodri.

—Álvaro, Helena se había quedado dormida pero despertó tras una pesadilla que la alteró demasiado. Temo que pase lo mismo otra vez.

—Entiendo.

Emily le dedicó una pequeña sonrisa de medio lado antes de retirarse con Mario para ayudarlo a hacer el equipaje de Alex.

—No fue su culpa —mencionó Rodri colocando una mano sobre el hombro de Pascu.

—Lo sé —suspiró—, pero ella no lo ve así.



—Bienvenida a tu antigua habitación —dijo abriendo la puerta para que la joven entrara—. Como ves no modifiqué nada por si en algún momento decidías pasar la noche aquí, pero si quieres cambiar la pintura o algo, me puedes decir para que lo hagamos.

Alex dejó su maleta frente a la cama y colocó su mochila en el suelo para dirigirse hacia la ventana y tocar las cortinas floreadas que colgaban ahí.

—¿Quieres que te ayude a desempacar?

—Quisiera estar sola —respondió sin voltear a ver.

Ramsés se acercó a la joven y colocó sus manos sobre los hombros de ella para depositar un beso en su cabeza ocasionando que los ojos de Alex se llenarán de lágrimas.

Cuando escuchó la puerta cerrarse, Alex se volteó para dirigirse a la cama y acostarse en ella abrazando una de las almohadas mientras las lágrimas comenzaban a brotar.



—¿Qué estás haciendo?

—Un poco de sopa —respondió cortando una zanahoria en rodajas—, te caerá bien.

—¿Quieres que te ayude?

—En realidad preferiría que te quedaras en cama descansando.

—¿Es porque soy un estorbo? —Pascu volteó a verla tras su pregunta—. Como no se me da muy bien la cocina prefieres no tenerme aquí.

—Helena yo no dije eso.

—Pero lo pensaste. Solo dilo, soy un estorbo aquí.

—¿Por qué dices eso? —Preguntó dejando el cuchillo sobre la tabla de cortar.

—Si no puedo ser capaz de ayudarte a hacer una simple sopa, ¿qué estoy haciendo aquí? Solamente soy un estorbo al no ser capaz de ayudar a los demás.

Los ojos de Helena comenzaron a llenarse de lágrimas y Pascu se dio cuenta de ello. Tomó una de sus manos y la llevó hacia la sala para que ambos pudieran sentarse en el sofá.

—¿Hasta cuándo vas a entender que no fue tu culpa?

—Si estuvieras en mi lugar no pensarías lo mismo.

—Si estuviera en tu lugar me aseguraría de salir adelante por Alex. —Suspiró para ponerse de pie y tomar una tarjeta del librero que se encontraba frente a ellos—. Rodri vino hace un par de horas y sugirió que tal vez lo necesitarías —dijo extendiéndole la tarjeta.

—Es una broma, ¿cierto?

—No es mala idea.

—No voy a ir al psicólogo —exclamó poniéndose de pie—. Estoy bien, no necesito terapia.

—Hace unos instantes estabas diciendo que te sentías miserable, ¿y ahora dices que estás bien? Es un poco contradictorio, ¿no crees?

—No voy a ir a terapia, Álvaro.

—¿Por qué?

—Porque me juré a mí misma que no iría otra vez.



—¿Cómo ha estado?

—De ser por ella estaría todo el día en su habitación, pero la he obligado a bajar para que coma y se dé un baño, pero aún no es la Alex que conocemos.

—Llevará tiempo —mencionó Emily—. Mario y yo subiremos a verla, ¿de acuerdo? —Ramsés asintió.

—¿Pensaste en lo que te dije?

—Igual creo que es una buena idea, Rodri, pero dudo mucho que Alex quiera ir a terapia. Me cuesta hacer que se comunique conmigo, ¿crees que pueda hacerlo con un profesional?

—Cada uno lleva el duelo de manera distinta, pero Alex va a necesitar ayuda para salir adelante tras este golpe. Debemos intentarlo.

Ya había pasado una semana tras el accidente. Todos, a excepción de Helena, iban a visitar a Alex en casa de Ramsés; hacían todo lo posible para levantarle el ánimo, buscarle plática o simplemente hacerle compañía, pero por más que trataban Alex simplemente se negaba a dialogar y, como Ramsés había dicho, se negó rotundamente a ir con un profesional.

En cuanto a Helena, si bien se había negado a ir con el psicólogo, Pascu y Rodri la llevaron a una sesión obligatoriamente pues no dejaba de tener constantes pesadillas y su ansiedad había regresado después de mucho tiempo de haberlo superado.

—Entiendo que habías recibido terapia años atrás, ¿estoy en lo cierto?

—¿Qué más le contaron esos dos?

—Solo lo básico, pero me gustaría saber qué fue lo que te hizo jurar que no volverías a ver a un profesional.

—¿Por qué quiere saber?

—Decidiste no volver al psicólogo, algo te debieron haber hecho y si me cuentas podré ayudarte mucho mejor, para que te sientas segura y esta terapia pueda funcionar.

—Prefiero no hablar del pasado.

—Pero necesitas hacerlo. Si no te liberas de todas las espinas que te hacen daño, no podrás salir adelante —Helena permaneció en silencio moviendo de arriba a bajo uno de sus pies—. Cuéntame, ¿por qué fuiste a terapia esa vez?

—Cuando tenía diecisiete años —se puso de pie para caminar por todo el pequeño consultorio—, al salir del convento mis padres me rechazaron y fui acogida por una familia vecina. ¿Sabe lo difícil que es perder el cariño de tus padres? Nunca se preocuparon por buscarme, por saber de mí o si estaba bien, tan solo me abandonaron así sin más.

—La familia que te acogió, ¿te trataba bien?

—Me trataron como a su igual y siempre les voy a estar agradecida por ello. Pero, no era lo mismo, yo de verdad necesitaba del apoyo de mis padres pero nunca estuvieron ahí para mí. Me sentía sola y empecé a buscar métodos de escape —miró sus manos antes de soltar un suspiro—. Muchas veces quise desaparecer para evitar ser una carga para los demás. Qué estúpido, ¿cierto? Unas buenas personas me acogieron y yo me hundía en una depresión absoluta, ¿y cómo no hacerlo? Mi familia era todo para mí, siempre estaba a mi lado y cuando por primera vez tomé la decisión más importante de mi vida, cuando decidí que estar en el convento no era para mí y en cambio había encontrado una carrera que quería estudiar, ¿qué fue lo que hicieron? Me rechazaron, me juzgaron y me hicieron sentir la persona más miserable de todas por no haber cumplido con sus expectativas. Emily, la hija de estos señores, se dio cuenta de que estaba mal así que me sugirió ir al psicólogo para que me orientara; no sé cómo le hizo para convencerme, pero solo fui a una sesión.

—¿Y qué pasó?

—El estúpido psicólogo me juzgó y en lugar de aconsejarme y hacerme sentir mejor, me recordó lo miserable que era. Incluso me dijo que lo más probable era que yo haya probado el libertinaje y por eso decidí abandonar todo —dijo rodando los ojos—. Le dije a Emily que estaba bien y no era necesario tener otra sesión, así que luché internamente para salir adelante. Justo cuando creí que mi vida estaba mejorando, todo se vino abajo otra vez ¿y sabe por qué? —La psicóloga negó con la cabeza—. Al cumplir dieciocho años me enteré de que mi madre estaba embarazada. Cuando nació mi hermanito hice todo lo posible por ir a conocerlo y ellos me lo negaron, no me permitieron verlo ni siquiera en fotos; una semana antes de que yo entrara a la universidad ellos se mudaron y hasta la fecha no sé de su paradero.

Helena caminó hacia la venta que tenía una vista perfecta a la ciudad nublada de ese día.

—El campus de la universidad donde fui tenía sus propios departamentos. Entre fiesta y fiesta me refugié en el alcohol, mis compañeros de habitación eran fiesteros así que veníamos regresando casi al amanecer. —Comenzó a abrir y cerrar las cortinas—. Un día Emily me llamó para decirme que había conseguido una beca en el extranjero y el pasado volvió a mí; ella había comenzado a estudiar leyes y se dio cuenta de que no era su vocación, se dio de baja en la universidad y consiguió una beca para convertirse en chef —suspiró—. Sus padres la apoyaron sin dudar y en ese momento me pregunté "¿por qué no me había pasado igual?"

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas al mismo tiempo que su voz se comenzaba a quebrar. Dejó de jugar con las cortinas para volver a caminar por todo el consultorio.

—Me puse muy mal con ello y uno de mis compañeros de clase se dio cuenta. "Conozco una forma en la que puedes escapar de la realidad", me dijo —observó su brazo izquierdo—. "Una dosis no me hará daño", pensé, pero poco a poco se fue convirtiendo en una adicción. Estaba dispuesta a mandar todo al carajo, hasta que un día me llegó una carta en donde me avisaban que había quedado seleccionada para ser estudiante de intercambio; mi familia falsa se enteró, los señores Castro me llamaron y me dijeron "felicidades, estamos orgullosos de ti". —Las lagrimas comenzaron a salir de sus ojos tras decir estas palabras—. No eran mis padres, pero por primera vez sentí que sí lo eran. Más tarde recibí un mensaje de Emily que decía "felicidades, hermanita. Serás una gran publicista", fue en ese momento donde comprendí que estaba apunto de abandonar todo teniendo a tres personas que confiaban en mí.

La psicóloga le extendió una caja de pañuelos que Helena tomó para después sentarse en el sofá.

—Me fui de intercambio y decidí ir a rehabilitación y no voy a negarlo, fue lo más difícil del mundo, desgraciadamente no pude con la ansiedad y tuve una recaída tan fuerte que terminé en el hospital por una sobredosis. —Se sonó la nariz antes de continuar—. La familia Castro se enteró y me regañaron —dijo con ironía—, pero se quedaron conmigo en todo momento ayudándome en mi recuperación hasta convertirme en lo que ahora soy. —Soltó un gran suspiro y limpió las últimas lágrimas que salían de sus ojos—. Lo siento, me pidió que le hablara sobre aquella terapia y le terminé contando toda mi vida.

—¿Y cómo te sientes después de haberlo hecho?

—Curiosamente me siento más tranquila.

—Necesitabas liberarte de esa espina, Helena. ¿Alguien sabe de esto?

—Sólo Emily. Los demás saben que me salí del convento pero no lo que pasó después. ¿Me va a juzgar?

—No tengo por qué hacerlo, al contrario, te felicito. Lograste salir adelante y superar tus adicciones pese a todo lo que viviste, eres más fuerte de lo que crees.

—Tal vez lo era hasta que volví a quebrarme. La ansiedad volvió —dijo sacando otro pañuelo de la caja—. Hace tres días Álvaro y yo estábamos viendo la televisión y en las noticias pasaron imágenes de un accidente.

—Y recordaste todo, ¿cierto? —Helena asintió—. No fue tu culpa.

—Pude haberlos salvado. Si tan solo hubiera hecho otro movimiento los padres de Alex no hubieran muerto, pero no, la camioneta chocó contra nosotros y...

—De no ser por ti Alex estaría muerta. De no haber reaccionado a tiempo ella no hubiera sobrevivido.

—¿Pero a qué costo? Le arrebaté todo lo que tenía, a unos padres que la apoyaban y la querían, ella no merecía que le pasara algo así.

—El futuro es incierto, nadie sabe lo que pasará en cualquier momento, no puedes culparte de algo que fue inevitable.

—Ni siquiera he sido capaz de verla a la cara. La última vez que la vi fue en el funeral —suspiró—, le dije que lo sentía y ella solamente me abrazó. ¿Cómo pudo haberme abrazado sabiendo que yo fui la culpable de todo lo que pasó?

—¿Te consta que ella te culpa? —Helena permaneció en silencio—. No sabes lo que Alex piensa y no lo sabrás hasta que hables con ella.

—Aún no estoy lista para verla.

—Pero lo estarás y cuando te enfrentes a ella podrás liberarte de esa espina que se ha incrustado en lo más profundo de tu ser.



—¿Tengo que salir?

—Están haciendo esto por ti.

—No les pedí que lo hagan.

—Alex —tomó una de sus manos—, aunque sea unos minutos, por favor. —La joven asintió y Ramsés depositó un beso en su frente.

Había pasado un mes desde aquél accidente y habían decidido hacer una comida entre todos en casa de Ramsés. Convencer a Alex de que fuera al psicólogo no había funcionado, pero al menos lograron que pasara un poco más de tiempo fuera de su habitación.

—Me alegra que hayas venido, Helena.

—No fue fácil hacerlo, pero Álvaro tiene razón, debía intentarlo.

—¿Quieres pasar a verla? —Preguntó señalando las escaleras.

—Vamos —mencionó Emily—, yo te acompaño.

Ambas chicas comenzaron a subir las escaleras mientras los demás se dirigían a la cocina.

—¿Cómo ha estado?

—La terapia le ha ayudado bastante —respondió Pascu—, al menos las pesadillas ya no son tan constantes.

—Venir fue un gran paso —mencionó Rodri—. Ojalá pudiéramos convencer a...

—¡Alex!

El grito de Helena alertó a todos haciendo que de inmediato subieran a su habitación sin que ninguno de ellos se esperara encontrarse con aquella escena.

Al abrir la puerta, Helena y Emily encontraron a Alex sobre la cama con las dos muñecas cortadas. Helena de inmediato fue para presionar las heridas mientras Emily amarraba, con las manos temblando, dos prendas alrededor de estas. Entre Ramsés y Helena cargaron a la joven y la llevaron de inmediato al hospital más cercano, rezándole a todos los dioses que sobreviviera al viaje; al llegar los doctores se la llevaron de inmediato en una camilla, siendo Ramsés y Javier quienes sostuvieron a Helena de los brazos pues se había negado a soltar las heridas de la joven.

Tiempo después el doctor había salido para avisarles que la transfusión de sangre y la operación había salido con éxito, pero no podían pasar a verla pues la mantendrían en observación debido a que los cortes que se había hecho eran algo profundos y corría el riesgo de desangrarse otra vez.

—¿De quién fue la idea de hacer los amarres alrededor de los cortes? —Preguntó el doctor a lo que Emily señaló a Helena—. De no ser por ti en estos momentos esa chica estaría muerta. Le salvaste la vida.

[Soundtrack 05]

Pascu abrazó a Helena mientras ella se quebraba entre lágrimas. A los dos días los dejaron pasar a verla, Alex no había abierto los ojos y el doctor explicó que esto se debía a la debilidad que sufrió por la enorme pérdida de sangre.

Se habían turnado para cuidar de Alex y en esos momentos Helena estaba con ella. Solo podía observar sus muñecas vendadas y sentía como poco a poco la ansiedad regresaba.

—¿He... lena?

—Alex —exclamó con sorpresa reincorporándose en su silla.

—¿E-En dónde estoy?

—En el hospital.

—¿Q-Qué? —Parpadeó un par de veces—. E-Espera, ¿cuánto tiempo llevo aquí? Helena, ¿qué fue...? —Observó sus muñecas al no poder moverlas y se percató del vendaje que había en ellas—. Ya veo... así que no fue un sueño —suspiró—. Así que mi vida es tan miserable que hasta en mi intento de muerte he fallado.

—No digas eso.

—Es la verdad. No me queda nada en este mundo y ni siquiera puedo morir.

—Alex tú no puedes perder la vida ahora.

—¿Por qué? Cada día despierto para recordar que mis padres no están.

—Alex...

—Solo voy a permanecer con vida, ¿para qué? ¿Para seguir sumida en este sufrimiento?

—Ya basta...

—¡No debieron salvarme!

—¡Ya cállate! —Gritó poniéndose de pie—. ¿Qué ibas a ganar quitándote la vida? ¡Dime! ¿Crees que te reecontrarías con ellos? ¿Que volverías a verlos? Nadie sabe si existe el cielo o el infierno, nadie sabe si existe la otra vida y si eso es lo que creías dejame decirte que estás muy equivocada porque nada te asegura que volverías a verlos. Dime algo, ¿tú crees que a ellos les hubiese gustado que hicieras esto? ¿Crees que ellos querrían que hicieras esta estupidez? ¡Dímelo!

—¡No lo sé!

—¡Sí lo sabes! ¡Lo sabes muy bien! ¡Sabes que la respuesta es un rotundo no! —Dijo sacudiéndola de los hombros.

Ambas estaban hechas un mar de lágrimas. Helena soltó su agarre y se alejó un poco de la cama abrazando sus brazos con las manos temblando.

—No quiero que cometas los mismos errores que yo —dijo para verla a los ojos—. No permitas que las espinas cubran por completo la hermosa rosa que eres, por favor.

Solamente se escuchaban los sollozos de ambas en aquella habitación.

—Me abandonaste —dijo con dificultad—. Me abandonaste, Helena, te fuiste cuando más te necesitaba. Todos iban a verme pero tú nunca llegaste, ¿por qué me abandonaste?

—C-Creí que no querías verme, que jamás me perdonarías por la muerte de tus padres.

—Tú no fuiste la culpable. —Helena la miró sorprendida—. En un principio te culpé, creí que pudiste haber hecho más para salvarlos y te odié con toda mi alma por ello, pero en el cementerio cuando me dijiste que lo sentías, sentí que se me quebraba el corazón. —Cerró los ojos un momento mientras soltaba un gran suspiro—. Ramsés no dejaba de decirme que tú no eras la culpable y me costó mucho entenderlo, pero no regresaste; tenía la esperanza de que un día la puerta de mi habitación se abriría y entrarías ahí pero no fue así. Eras todo lo que tenía y me abandonaste, ¿qué otra alternativa tenía más que morir?

—Y-Yo traté de ir, varias veces, pero la culpa me consumía y no me sentía lista para verte de nuevo a la cara y pedirte disculpas.

—Pero no tengo nada qué perdonarte. Tú no fuiste la culpable.

—Lo siento...

Helena rompió en llanto y abrazó a la joven con todas sus fuerzas como si su propia vida dependiera de ello. Alex igual no pudo controlar todas sus lágrimas y se odió a sí misma por no poder corresponder el abrazo debido a las heridas que se había hecho.

Se habían liberado de sus espinas y ambas sabían que tenían un largo camino por recorrer juntas. Helena besó la frente de Alex y le prometió que nunca más la abandonaría, promesa que fue presenciada desde afuera por los chicos que habían permanecido en silencio durante toda la escena y, que al igual que ellas, se encontraban llorando por el gran paso que las dos habían dado.

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